La lluvia golpea obstinadamente el cristal de tu ventana. La ciudad entera parece dormir bajo un manto de
farolas parpadeantes y asfalto húmedo. Todo, excepto tú.
Son las dos y trece de la madrugada. El insomnio ya es una vieja costumbre. De pronto, la pantalla de tu
teléfono se ilumina en la penumbra, proyectando un resplandor fantasmal. Vibra una sola vez.
No es una llamada. Es un audio de un número que no está en tus contactos.
"Ascensor. Planta dos. Puerta trece."
Lo reproduces casi por acto reflejo. La voz es grave, seca. Casi mecánica, pero cargada de una extraña
urgencia. Dice solo esas tres cosas, acompañadas por un levísimo ruido de fondo —un traqueteo sordo, tal vez la
maquinaria de un viejo ascensor.
No reconoces la voz. No reconoces el número. El identificador muestra un prefijo inoperante. Algo en tu instinto
te grita que borres el mensaje, que apagues el móvil y vuelvas a fingir que duermes.
Pero no lo haces. La curiosidad profesional y la obsesión por los callejones sin salida siempre han sido más
fuertes que el sentido común. Especialmente tras meses investigando a esa organización en la sombra.
Te pones tu abrigo oscuro. Veinte minutos más tarde, bajas del taxi frente al hotel.
El neón parpadeante de la entrada zumba sobre tu cabeza. Bajas al lobby principal. Está vacío y huele a cera
para muebles y tabaco rancio.
El recepcionista de noche no está en su puesto. Solo queda una taza de café humeante, todavía caliente al tacto,
y un periódico abierto por la sección de sucesos. Alguien estaba aquí hace escasos segundos y se ha marchado con
prisa.
Al fondo, el ascensor espera de forma inusual con las puertas apenas entornadas. Junto al botón de llamada,
notas un panel numérico digital instalado recientemente, fuera de lugar en este entorno clásico. Te pide un
acceso de cuatro dígitos.
Una nota adhesiva decolorada, pegada burdamente al marco de mármol, reza:
"La hora lo dice todo."
El código tiene cuatro dígitos. La pista ya la tienes.
Entras. Las puertas se cierran con un clic suave. La sensación es claustrofóbica, íntima.
El ascensor sube sin que hayas pulsado ningún botón.
Entonces se detiene entre plantas. Las luces parpadean una vez, dos veces. Y en el espejo de la pared izquierda
—cubierto de vaho como si alguien hubiera respirado sobre él— hay algo escrito con el dedo:
E _ T _ R _ A _ A
Nueve letras. La primera y la última son iguales. No es un nombre.
Es un estado.
¿Cómo estará la puerta de la habitación 213 cuando llegues?
Escribe la palabra de nueve letras.
El ascensor se detiene bruscamente. El pasillo de la segunda planta huele a madera vieja, polvo acumulado y un
rastro muy sutil de algo floral, como jazmín quemado. La espesa moqueta de estampado barroco amortigua por
completo tus pasos.
Avanzas contando los números hasta que llegas a la puerta 213. Tal como decía el espejo: entornada. Un delgado
hilo de luz cálida y temblorosa se filtra por el marco inferior. Al otro lado de la hoja de madera, reina un
silencio absoluto y sobrecogedor.
Antes de empujar, tu mirada capta algo en la pared contigua. Hay tres notas de papel fino pegadas
apresuradamente con cinta adhesiva de embalar, en completo desorden. Parecen mensajes internos interceptados,
parte de un operativo que se ha torcido y que nadie debió leer:
Ordénalos cronológicamente. ¿Qué ocurrió primero?
(Selecciona el orden en que ocurrieron: 1.º → 2.º → 3.º)
La cerradura cede con un sonido suave. La puerta se abre sola, como si alguien la esperase desde el otro
lado.
La habitación 213 está a oscuras. Pero no vacía.
El perfume es más intenso aquí. Las cortinas están echadas. La ciudad no existe.
Desde el interior, una voz de mujer —serena, sin sorpresa—:
"Sabía que vendrías."
Una pausa.
"Aunque no eres quien esperaba."
La silueta se recorta contra la ventana. En su mano extendida, una llave antigua. De latón. Con un número
grabado que apenas puedes leer en la oscuridad.
Caso 001 completado.
La historia continúa
Caso 002 — Medianoche en 312 →